Flora canaria > Vegetación de Canarias
El conjunto de la flora vascular de las Islas Canarias puede estimarse en unas 2.400-2.500 especies, distribuidas de manera desigual por las islas en base a su superficie, variedad climática, orográfica, etc. Todas esas especies se agrupan en tres grandes bloques: el de las especies endémicas, las especies nativas, y las especies introducidas.
La particular posición geográfica de las Islas Canarias, y sus peculiaridades geológicas, orográficas y climáticas han dado lugar al desarrollo y evolución de una extraordinaria vegetación, casi única en el mundo por su riqueza numérica, el alto grado de especies endémicas, su estratificación en diferentes pisos de vegetación, según la altitud y características climáticas de cada zona, la pervivencia de bosques de laurisilva propios de la Era Terciaria, y que ya no se encuentran en casi ninguna zona del mundo, la diversidad originaria de numerosas especies, y el singular proceso evolutivo que se produce por el aislamiento de la vegetación, ya sea debido a los factores derivados de la insularidad como a los de la muy variada orografía canaria. De modo que la flora canaria posee una serie de elementos florísticos y formaciones vegetales que la hace singular respecto a otras floras y regiones biogeográficas del mundo, presentando unos niveles de biodiversidad vegetal y endemicidad que las convierte en un importante punto caliente de biodiversidad mundial.
Dentro de la amplia
variedad de especies que forman la vegetación canaria hay que distinguir
entre especies autóctonas, especies endémicas y especies que han sido
introducidas por el hombre, las que fueron traídas por los primeros
pobladores y, sobre todo, las que llegaron a partir de la Conquista de
Canarias por los españoles, franceses y portugueses.
La flora endémica la forman especies que sólo se desarrollan en nuestro
archipiélago, y que por diferentes procesos evolutivos se ha ido adaptando a
espacios concretos de las Canarias. La flora autóctona o nativa la forman
las especies que son propias de Canarias, pero no necesariamente exclusivas
del Archipiélago, ya que un gran parte de ella se encuentra también en otros
archipiélagos Atlánticos: Madeira, Azores, los islotes de Salvajes y, en
menor número, en las Islas de Cabo Verde, dentro de una región florística
denominada la Macaronesia. La flora introducida está formada por aquellas
especies que han sido traídas a nuestro territorio a partir de los primeros
pobladores que llegaron a ellas, ya fuese de modo intencionado o casual.

Singularidad de la flora canaria
Para entender la
originalidad y riqueza de nuestra flora hay que tener en cuenta la condición
insular del territorio canario, y su relativa juventud desde el punto de
vista geológico y de la historia natural. A partir de las primeras especies
que llegaron al Archipiélago, se han ido desarrollando otras nuevas, en
función de las características climáticas y el relieve donde se asientan, y
también dependiendo del grado de intervención del hombre sobre el
territorio. Todos estos factores han propiciado que en las Canarias exista
un alto grado de biodiversidad, tanto de especies como de hábitats, en
función de las condiciones ambientales que se den en cada una de las siete
islas del archipiélago.
En primer lugar, debido
a su aislamiento, las Islas Canarias es un lugar donde, desde tiempos
remotos, han podido conservarse géneros y especies vegetales desaparecidas
de otros puntos del planeta, donde únicamente se encuentran restos en estado
fósil, enterrados bajo capas geológicas ya antiguas. En segundo lugar, la
sucesión de climas variados, a causa de bruscos contrastes en el relieve que
generan numerosos microclimas, ha dado origen a diferentes estratos
vegetales o a pequeños núcleos donde viven especies endémicas, o con
carácter puramente local.
local.

La distribución actual de este importante conjunto florístico en las diferentes islas del archipiélago es muy variada, y está más condicionada por la edad geológica, relieve y características climáticas de cada una de ellas que por su extensión. De modo general, se calcula que la isla de Tenerife cuenta con unas 1.470 especies silvestres, Gran Canaria 1.300, La Palma 900, La Gomera 900, Fuerteventura 750, Lanzarote 700 y El Hierro 700. En cuanto a número de especies endémicas, la isla de Tenerife ocupa también el primer lugar con unas 300, seguida de Gran Canaria con 215, La Palma y la Gomera con unas 200 cada una, El Hierro con unas 120, Fuerteventura con 78 y Lanzarote con 70.
Origen de la flora canaria
Debido a su situación
geográfica y a su aislamiento respecto a los continentes, en las Islas
Canarias se han conservado géneros y especies vegetales que en otros puntos
del planeta sólo se encuentran en estado fósil, enterrados bajo capas
geológicas ya antiguas. La mayor parte de estos restos se hallan en la zona
mediterránea europea y en el sur de Rusia, y son idénticos a algunos
endemismos que existen en la época actual en Canarias y Madeira, como el
laurel (Laurus novocanariensis), el barbusano (Apollonias
barbujana), el palo blanco (Picconia excelsa) y muchos de
helechos canarios.
Es por ello que la teoría más
extendida sobre el origen de la flora canaria es la que afirma que la
vegetación de nuestro archipiélago proviene de la flora subtropical europea
del final de la Era Terciaria, cuando la gran glaciación que en ese tiempo
afectó al hemisferio norte, al tiempo que en África una intensa sequía
originaba el gran desierto del Sáhara, dio lugar a la desaparición del clima
subtropical propio de la ribera del Mar de Tetis, una gran cuenca marina que
separaba al continente europeo del africano, a partir de cuyos restos se
formo el actual mar Mediterráneo.
A finales del
Plioceno, muchas de las especies que habitaban en esas zonas continentales
se extinguieron debido a la presión ambiental que recibían por parte del
frío del norte y de la sequía del sur, refugiándose las que pudieron en
nuestras islas y otros archipiélagos macaronésicos, como Madeira o las
Azores, sobreviviendo en ellas gracias a su situación oceánica y a su
notable altitud, factores que las preservaron de las temperaturas extremas
que habían causado la extinción de sus parientes continentales.

Pisos de vegetación
Una de las principales
características de la flora de las Islas Canarias es su distribución por
zonas altitudinales, llamados pisos de vegetación, debido principalmente a
las condiciones climáticas, la altitud total y la orientación del relieve de
las diferentes zonas de cada isla, siendo más variados en las islas
centrales y occidentales, debido a su mayor altura y más variada orografía,
y más escasos en las orientales por ser mucho más llanas y su más alto grado
de erosión geológica.
Los aspectos del paisaje
vegetal de cada uno de los pisos de vegetación se encuentran en función de
las especies dominantes en el mismo, que darán nombre, a su vez, a las
formaciones vegetales más características de cada uno de ellos: cardonales y
tabaibales, sabinares, pinares, codesares, etc.
Siguiendo la
clasificación más aceptada sobre esta tipificación de la vegetación canaria,
se han determinado la existencia de cinco pisos de vegetación: infracanario,
termocanario, mesocanario, supracanario y orocanario.
El piso infracanario, también llamado inferior o basal, se encuentra entre los 0 y los 400 m de altitud, aunque varía de unas áreas a otras en función del mayor o menor grado de exposición a los vientos alisios. Presenta un carácter desértico o semidesértico, con gran similitud a las zonas costeras del antiguo Sáhara español y Mauritania. Se encuentra en las áreas costeras de las laderas meridionales de todas las islas, siendo especialmente extenso en las islas de Lanzarote y Fuerteventura. Las especies más representativas de este piso son el cardón (Euphorbia canariensis), y las tabaibas (Euphorbia balsamifera, Euphorbia aphylla, Euphorbia obtusifolia, etc.).

El piso termocanario, también llamado piso montano seco, o piso de la sabina, se sitúa entre los 500-1300 m aproximadamente. Presenta dos zonas bien diferenciadas, la de sabinares y madroñales, de carácter mediterráneo, y la de laurisilva, de carácter templado por la presencia, especialmente en verano, del mar de nubes que se forma al chocar los vientos alisios con las laderas montañosas de la vertiente norte de las islas.
Algunos autores incluyen
entre el piso termocanario y el piso infracanario un piso bioclimático de
transición situado en torno a los 400 o 500 m de altitud. Es un área seca,
pero algo más luminosa, húmeda y suave que el piso infracanario, con una
vegetación caracterizada por la presencia de especies de mayor porte y muy
típicas de Canarias como la palmera (Phoenix canariensis) o el drago
(Dracaenea draco). Aunque era un piso muy abundante y extenso, sobre todo en
las islas centrales y occidentales, ha sido muy alterado por la acción
humana y prácticamente ha desaparecido.
El piso
mesocanario, también llamado piso montano seco, o piso del pino canario, se
encuentra entre los 1300-2000 m, y está dominado por la presencia de grandes
bosques de pino canario (Pinus canariensis), adaptados a una
humedad menor que el piso termocanario húmedo, y a unas temperaturas más
frías. Sólo se encuentra en las islas de La Palma, La Gomera, El Hierro,
Tenerife y Gran Canaria.

El piso supracanario se
encuentra por encima de los 2.000 m de altitud y sólo está presente en
Tenerife y La Palma por ser las islas más altas del archipiélago canario. El
clima es seco y con grandes oscilaciones térmicas, tanto estacionales como
entre el día y la noche. En la vegetación no hay árboles, sólo matorrales
más o menos abiertos, con formas achaparradas o almohadilladas, en donde
destacan las leguminosas, especialmente retamas y codesos. Aún así es un
piso en donde aparecen muchas especies y abundan los endemismos.
El piso orocanario se sitúa por encima de los 3.100 m de altura y sólo está
presente cumbres superiores del Teide, casi desprovistas de vegetación. El
clima es relativamente frío y el suelo es muy rocoso. En este piso no hay
árboles y prácticamente tampoco hay arbustos, solamente aparecen hierbas de
pequeño tamaño como Silene nocteolens, Stemmacantha cynaroides,
Viola cherianthifolia, o Gnaphalium teideum.
Endemismos en la flora canaria
Otro de los rasgos
esenciales de la flora canaria es su alto grado de endemicidad, es decir de
especies que sólo viven en nuestras islas, ya sea en una sola o en varias de
ellas, y en algunos casos compartiendo territorio con los archipiélagos
cercanos al nuestro, como Madeira, Azores, etc.
En territorios aislados de los continentes, como es el caso de Canarias, los
endemismos se forman cuando las especies que llegan a este nuevo territorio
se tienen que desarrollar separadas y totalmente independientes de sus
lugares de procedencia. Cuando esas especies arraigan en sus nuevos
espacios, con características ambientales a veces muy diferentes a las de su
origen continental, se tienen que ir adaptando en mayor o menor grado al
medio insular, modificando progresivamente su morfología y desarrollo
vegetativo hasta llegar a adquirir rasgos distintivos propios, que, según
sean de mayor o menor entidad, darán lugar a nuevas variedades o subespecies
de sus ancestros, y en muchos casos a especies completamente nuevas, con
características claramente diferenciadas de las de su taxón original.

Debido a su localización geográfica, características climatológicas, orográficas, edáficas, y a su fragmentación territorial, las Islas Canarias presentan una gran diversidad de ambientes que dan lugar a unas condiciones de aislamiento muy favorables para la aparición de especies nuevas. De este modo, con apenas el 1,5% de toda la superficie del territorio español, el archipiélago canario alberga la mitad de la flora endémica de España, lo que otorga a las Islas Canarias una importante relevancia científica internacional, y el carácter de reserva ecológica nacional y mundial.
Del total de unas 2.450-2.500 especies que forman la flora natural del archipiélago canario, el número de especies endémicas se sitúa en torno a las 700, lo que representa aproximadamente un 25% de toda la flora vascular de nuestro archipiélago, haciendo de las Islas Canarias una zonas insulares oceánicas con mayor concentración de endemismos de todo el mundo, y convierte a nuestra flora en punto de gran interés científico y ecológico, tanto para científicos, como para ecologistas, naturalistas y todas las personas amantes de la naturaleza.
De esa cifra global, se calcula que unos 600 son endemismos exclusivos de las Canarias, siendo el resto compartidos con los otros archipiélagos atlánticos más o menos cercanos al nuestro, como Azores, Madeira y Cabo Verde, que en conjunto forman una zona florística con características muy particulares denominada Región Macaronésica.
En términos de densidad relativa, la importancia del fenómeno endémico de las Islas Canarias queda reflejado en el hecho de que, dentro de toda la zona europea, el territorio con mayor número de endemismos por cada100 km² es la isla de La Gomera, con un 52%, seguida de la isla de El Hierro, con un 46,5%, y de isla de La Palma, con un 26%, cifras que dan clara idea de la gran riqueza y variedad de nuestra flora frente a las zonas continentales de Europa, donde territorios tan extensos como el de Francia sólo cuentan con unas 170 especies vegetales endémicas.
Áreas de interés botánico
Aunque prácticamente toda
la geografía canaria es rica en vegetación y en cualquier rincón de las
Islas se pueden encontrar numerosas especies de singular interés y belleza,
es cierto que algunas zonas de nuestro archipiélago son particularmente
ricas e interesantes desde el punto de vista botánico.
En la isla de Tenerife destacan el Macizo de Teno, el Macizo de Anaga, la
Ladera de Güímar, El Médano, Aguamansa y Las Cañadas del Teide.
En Gran Canaria, los Tilos de Moya, el área del Valle de Agaete, Guayedra y
Andén Verde, la Cruz de Tejeda, el Barranco de Guayadeque, la zona de la
Caldera de Tirajana, Fataga y Mogán, el Pinar de Tamadaba, el Rincón de
Tenteniguada, la Punta de Arinaga, y de modo especial la colección de
plantas del Jardín Canario.
En La Palma las
zonas más interesantes son el Cubo de La Galga, el bosque de Los Tilos,
Barlovento, Fuencaliente, La Cumbrecita, el barranco de Las Angustias, el
Roque de Los Muchachos y las cumbres de Garafía.

En la isla de La
Gomera, el Barranco de la Villa, el Roque de Agando, los riscos de Agulo y
el Roque Cano de Vallehermoso, el bosque de El Cedro, los Chorros de Epina y
Arure, Valle Gran Rey, el Barranco de Argaga y Chipude.
En El Hierro, El Golfo, el área de La Dehesa y El Sabinar, El Pinar, y La
Restinga.
En Lanzarote los riscos de Famara y el
Malpaís de la Corona.
Y en Fuerteventura, La
Oliva y las dunas de la costa norte, Gran Tarajal y Matas Blancas, la
Península de Jandía y el Pico de la Zarza.
La exploración botánica en Canarias
La relativa cercanía del archipiélago a Europa,
además de su clima, historia y patrimonio natural, hacen de Canarias un
reclamo de primer orden para los estudiosos de la naturaleza, y
especialmente para los botánicos desde el siglo XVII hasta la actualidad.
Ya desde la Antigüedad clásica se tenía noticia de algunas especies
botánicas originarias del archipiélago canario, y más tarde aparecen citas
de endemismos canarios en distintos libros de historia natural. Pero se
puede decir que el estudio y la exploración científica de la vegetación de
las Islas Canarias comenzó a partir del siglo XVII. De una parte con la obra
de naturalistas y botánicos nacionales como Antonio José de Cavanilles,
director del Real Jardín Botánico de Madrid, y otros de origen canario como
Manuel de Ossuna, Domingo Bello o Víctor Pérez González. Y de otra con el
estudio más riguroso y científico que en 1724 realizó el botánico francés
Louis Feuillée durante su estancia en la isla de Tenerife, realizando un
inventario de más de 30 especies vegetales, con dibujos de muchas de ellas.
La primera exploración botánica de las Islas fue llevada a cabo por Francis
Masson, enviado por el Real Jardín Botánico de Kew (Inglaterra), que realizó
varios viajes a las Canarias en la década de 1770, enviando algunas muestras
de plantas y semillas a Linneo, quien clasificó algunas de ellas, como la
sabina (Juniperus phoenicea), el brezo (Erica arborea), el cardón (Euphorbia
canariensis), el drago (Dracaena draco), o el bicácaro (Canarina
canariensis), aunque la mayor parte de su trabajo fue enviado al Jardín
botánico de Kew, donde William Aiton, jardinero mayor, las clasificó y dio a
conocer a la ciencia.
También es destacable la visita que en 1799 realiza
a las Islas el explorador alemán Alexander von Humboldt. Durante su estancia
en Tenerife subió al Teide en compañía de su compañero el botánico francés
A. Bonpland, descubriendo para la ciencia varias especies singulares de la
alta montaña tinerfeña, como la simbólica violeta del Teide (Viola
cheiranthifolia). Las observaciones que realizó durante los días que
permaneció en la isla también le sirvieron para ser el primero en describir
las diferentes zonas de vegetación canaria según su distribución
altitudinal, estableciendo con ello las bases de la una nueva ciencia: la
fitogeografía.

Un poco más tarde realizó numerosas exploraciones el
botánico francés P. M. A. Broussonet, cónsul de Francia en Tenerife,
descubriendo numerosas especies nuevas para la ciencia, muchas de las cuales
fueron descritas por destacados botánicos de la época, como Cavanilles,
Willdenow o Lamark.
En 1815 llegan a las islas el noruego Christen Smith
y el alemán Leopold von Buch, quien escribirá el primer catálogo de plantas
de las islas tras la prematura muerte de Smith en el Congo.
Sin embargo,
la obra cumbre sobre la flora canaria del siglo XIX fue la “Histoire
naturelle des Îles Canaries”, publicada en París entre los años 1830 y 1850,
bajo la dirección de los naturalistas Phillip Barker Webb y Sabin Berthelot,
y en la que participaron numerosos zoólogos y botánicos. Webb y Berthelot
vivieron y trabajaron en Canarias durante largo tiempo, y su obra, dividida
en 10 volúmenes, agrupados en 3 tomos, tiene un sorprendente nivel de
detalle en sus descripciones e ilustraciones. El herbario que crearon
durante la preparación de esta magna obra se encuentra en la actualidad en
la Universidad de Florencia.
Años más tarde, en 1887, se publica el
"Diccionario Natural de las Islas Canarias", obra del naturalista canario
José Viera y Clavijo, destacado representante de la Ilustración en Canarias,
con interesantes anotaciones sobre la flora de nuestras islas, siendo la
primera persona que sugirió la posibilidad de crear un jardín botánico
específico dedicado a la flora canaria.
Durante la segunda mitad del
siglo XIX, varios botánicos de Europa se valieron de la labor preliminar de
Webb y Berthelot y continuaron la exploración botánica de las islas, entre
los que destacan Ramón Masferrer, Herman Christ, Carl Bolle, Francis Masson,
Eugène Bourgeau y Oscar Burchard, algunos de ellos financiados por los
principales jardines botánicos y herbarios europeos, donde se catalogaron y
nombraron gran cantidad de plantas canarias, muchas de las islas de
Fuerteventura y Lanzarote, las menos exploradas hasta ese momento. Los
pliegos herborizados en el archipiélago fueron también un reclamo para que
otros naturalistas se acercaran a las islas atraídos por la singularidad de
su flora.

A comienzos del siglo XX llegaron a Canarias los botánicos y
médicos franceses C. J. Pitard y L. Proust, que durante cinco meses
recorrieron todo nuestro archipiélago, incluidos los islotes, realizando un
notable trabajo de investigación que se publicaría en París en el año 1908
con el nombre de "Les Íles Canaries. Flore de’l Archipiel". En 1913, dos
botánicos de Kew Garden, John Hutchinson y Thomas Sprague, visitaron las
Islas, y a su regreso escribieron una serie de artículos sobre plantas
canarias. En la década de 1930, el dublinés R. Lloyd Praeger dedicará su
trabajo al grupo Aeonium, el más importante de la flora suculenta endémica
de Canarias, publicado con el nombre de "An account of the Serpervivum
group".
Ya en la segunda mitad XX hay que destacar la obra de los
ingenieros de montes Luis Ceballos y Francisco Ortuño, que publicaron sus
investigaciones en una importante obra llamada "Vegetación y flora forestal
de las Canarias occidentales". En la década de 1960 son notables los
trabajos de Kornelius Lems, con su Ckeck-list sobre la flora canaria que se
conocía hasta ese momento, y el de Johannes Lid, cuya "Contributions to the
Canary Islands Flora" es una valiosa guía sobre la distribución de muchas
especies de nuestra flora.
Mención aparte merece la labor del sueco Eric.
R. Sventenius, que durante unos treinta años vivió en Canarias, realizando
un intenso trabajo de campo y científico de nuestra flora que le llevó a
todos los rincones de nuestras islas, publicando sus resultados en numerosos
trabajos sobre la misma, siendo el más destacado su "Additamentum ad Floram
Canariensem". Además de ello, Sventenius fue el primer director del Jardín
Botánico Viera y Clavijo, ubicado en Tafira, Gran Canaria, donde se puede
observar una magnífica colección de endemismos canarios, además de numerosas
especies de otros grupos de plantas.
Tras su fallecimiento, en 1974, se
hace cargo del Jardín el botánico inglés David J. Bramwell, que amplía las
líneas de investigación de la institución y desarrolla numerosas tareas
orientadas a la divulgación y conservación de la flora. Es muy conocido
porque, en el año 1974, publicó en inglés su "Wild flowers of the Canary
Islands", el primer compendio de la flora endémica canaria, más tarde
traducido al español, y que ha sido un libro de referencia para todos los
aficionados a la flora de nuestras islas.
En la década de los setenta también es muy destacable la labor del naturalista alemán Günter Kunkel, que realiza diversos trabajos sobre botánica canaria, y fue el fundador y editor de los "Cuadernos de Botánica Canaria", la primera revista especializada en temas de botánica canaria. Su esposa, la ilustradora Mary Anne Charlewood, realizó numerosos y muy detallados dibujos de las plantas canarias, una parte de ellos publicados en forma de láminas bajo el título de "Flora de Gran Canaria".
Por último, la creación de la Facultad de Ciencias en la
Universidad de La Laguna, y su departamento de Botánica, liderado durante
más de cuarenta años por Wolfredo Wildpret de la Torre, ha supuesto un
impulso determinante de los estudios botánicos desarrollados por
especialistas locales, y el establecimiento de líneas de investigación en
cada uno de los grupos que estudia la botánica: algas, hongos, líquenes,
briófitos y plantas vasculares. El profesor Wildpret de la Torre también ha
sido el fundador, en 1970, de la revista científica "Vieraea", que se ha
convertido en un referente en la historia natural de la Macaronesia, y a la
que en la actualidad se le une la publicación "Botánica Macaronésica",
revista del Jardín Botánico Canario Viera y Clavijo.
En sus aulas se han
formado un nutrido y destacado grupo de botánicos locales que llevan a cabo
una notable labor de investigación, conservación y divulgación de la flora
del Archipiélago, publicada a través de numerosos libros, revistas,
monografías y artículos científicos.
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