Aloe arborescens
Mill.
Aloe arbóreo, Candelabro, Pulpo, Acíbar
Sus exóticas formas y sus elegantes inflorescencias, que en plena
floración llaman poderosamente la atención por su color rojizo
anaranjado, unido a su fácil reproducción vegetativa, han convertido a
esta especie en una de las plantas suculentas más cultivadas de todo el
mundo.
Se trata de un arbusto de base leñosa, que produce una
abundante y enmarañada ramificación que puede llegar a formar, en
ejemplares viejos y bien desarrollados, una imponente e impenetrable
fortaleza vegetal de hasta 3-4 m de alto y otro tanto de diámetro.

Sus hojas, gruesas, carnosas y de color verde grisáceo a verde intenso,
se disponen en densas y desordenadas rosetas terminales de hasta más de
80 cm de diámetro.
Son simples, largas, estrechas y agudas en el
ápice, recurvadas hacia abajo y con espinas carnosas de color amarillo
claro, tanto más rígidas y de mayor tamaño cuanto más cercanas a la base
de la hoja.
Las flores se disponen en densos racimos terminales
erectos de unos 20-30 cm de largo, sostenidos por recios tallos
floríferos de hasta 70-80 cm de longitud.
Cada flor, de unos 3-4 cm
de longitud y sostenida por un largo y fino pedúnculo, presenta un
periantio petaloideo, formado por seis tépalos soldados formando un
tubo, seis estambres que sobresalen de la envoltura floral, y un ovario
súpero; permanecen erectas antes de su apertura, inclinándose hacia
abajo a medida que se marchitan.
Producen frutos en forma de cápsula alargada de paredes poco
consistentes, conteniendo unas cuantas semillas de pequeño tamaño,
aunque los ejemplares cultivados raramente fructifican.
Las hojas
contienen una gran cantidad de savia gelatinosa, densa y amarga, que,
una vez condensada, se convierte en una famosa droga ampliamente usada
en la producción farmacéutica internacional y que se conoce desde la
Antigüedad con el nombre de aloe o acíbar.
La floración se produce en
invierno, y es muy corta, marchitándose los racimos florales al cabo de
pocos días.
Se reproduce por semillas y retoños basales; también por
esquejes, que prenden con mucha facilidad si se dejan cicatrizar durante
varios días antes de plantarlos.